[Artículo de Jaume Bronchud, publicado en El turista fallero, edición 2026]

Las fallas, como toda manifestación cultural viva, no están exentas de riesgos. Uno de ellos —quizá el más perverso— es el de morir de éxito. Convertirse en un producto de consumo rápido, masivo y despersonalizado; en una postal ruidosa para redes sociales que poco tiene que ver con la esencia de una fiesta que nació del barrio, del oficio y del sentido colectivo. Y ese peligro ya no es una hipótesis lejana: es una realidad que se palpa en las calles de Valencia cada mes de marzo.

El auge del turismo low cost ha transformado, en parte, la vivencia fallera. Visitantes que llegan sin conocer ni respetar el significado de lo que pisan; que consumen la ciudad como un parque temático de alcohol barato, ruido sin contexto y ocupación del espacio público sin límites. No es una crítica al visitante —Valencia siempre ha sido tierra abierta—, sino al modelo: uno que prioriza cantidad frente a calidad, impacto inmediato frente a sostenibilidad, y que acaba tensionando la convivencia y vaciando de contenido la experiencia festiva.

A ello se suma un cambio social profundo: la creciente individualidad frente a la colectividad que exige la fiesta. Las fallas no se entienden sin el “nosotros”. Sin el casal como espacio de encuentro, sin el trabajo desinteresado, sin la cesión de tiempo, dinero y esfuerzo en favor de algo que trasciende al individuo. Pero cada vez cuesta más sostener esa lógica comunitaria en una sociedad que prima el beneficio personal, la gratificación inmediata y la desvinculación del entorno. Y cuesta dentro de las fallas, donde quienes tiran del carro verbalizan ya un cansancio que convierte las presidencias en pasos efímeros y fugaces, casi más que el propio fuego que todo lo devora… La fiesta pide compromiso; el mundo actual, en demasiadas ocasiones, huye de él.

El resultado es, a veces, un descontrol que no solo incomoda al vecino, sino que también asusta al propio fallero. Calles colapsadas, comportamientos incívicos, una sensación de caos que nada tiene que ver con la crítica satírica, la pólvora ritual o la celebración consciente. Porque no todo vale en nombre de la fiesta. Y porque el fallero —el de verdad— sabe que el respeto es parte del legado que ha recibido.

Frente a estos riesgos, conviene volver la mirada a lo esencial. A la tradición que se transmite de generación en generación; al arte efímero de los artistas falleros, capaz de convertir madera y talento en discursos que interpelan a toda una sociedad; a la música, la indumentaria, la pirotecnia entendida como lenguaje cultural y no como simple estruendo. A la solidaridad que emerge cuando hace falta, como se ha demostrado una y otra vez en los momentos difíciles. A la cultura popular en su sentido más noble: la que no se compra ni se improvisa, la que se construye con tiempo, memoria y afecto.

Las fallas no necesitan ser más grandes; necesitan ser más fieles a sí mismas. Proteger la fiesta no es cerrarla, sino cuidarla. No es rechazar al visitante, sino exigir respeto. No es frenar la celebración, sino ordenarla para que siga siendo habitable, reconocible y nuestra. Porque si las fallas pierden su alma colectiva, su arraigo y su significado, habrán perdido todo, incluso aunque sigan llenando hoteles y aviones.

Defender las Fallas es defender una forma de estar en el mundo. Una que cree en lo común, en el arte como expresión crítica, en la fiesta como identidad compartida. Y eso —precisamente eso— es lo que no puede morir de éxito.

📷 José Espolín