La presentación de la falla municipal de 2027 ha vuelto a poner sobre la mesa una de las fórmulas más persistentes del arte fallero contemporáneo, la conversión de grandes figuras históricas y culturales en ninots habituales que llegarán al fuego. Pero no es cosa nueva, además, que en muchos casos, esos nombres (hombres) de las historia sean además el remate de la falla. La Plaza del Ayuntamiento estará presidida en 2027 por un Nino Bravo de 20 metros de altura bajo el lema “Vuelvo a mi tierra”, un proyecto que, a través del cantante valenciano, pretende ser un símbolo de identidad emocional y memoria colectiva en las manos de Baenas tándem.
La comparación con la falla municipal de 2026 es inevitable más allá del homenaje que en 2023 llegó desde Sagunt – Sant Guillem o del que, en 2024, le brindó L’Algüer-Ingeniero Rafael Janini desde el taller de Mauricio Moreira, un año después de que la comisión quemara el Sorolla de Chuky. El gigantesco Charlie Chaplin que protagonizó la obra “Hope”, concebida por Vicente Llácer y Alejandro Santaeulalia como alegato pacifista de alcance universal pone sobre la mesa dos años consecutivos que resumen dos maneras distintas de usar el mismo recurso: la celebridad como vehículo narrativo. Una estrategia, no lo olvidemos, que no nace ahora sino que es el resultado de una evolución larga en el propio lenguaje fallero. Desde las referencias más cultas a autores como William Shakespeare hasta la incorporación de iconos contemporáneos, el arte fallero ha ido desplazando su centro de gravedad: de la sátira local hacia un lenguaje globalmente reconocible y que peca, en algunas ocasiones de ser un mero homenaje sin sátira, denuncia, ingenio o gracia.
La razón principal de esta tendencia es la comunicación inmediata: una falla de gran formato necesita que el espectador – turista en muchos casos – entienda el mensaje en segundos. Por eso, figuras como el Chaplin de este año (con sátira, denuncia, ingenio y gracia reconocibles) funcionan como atajos visuales y emocionales ya que su sola presencia activa un imaginario compartido que permite construir discursos algo complejos sin necesidad de explicación extensa (no lo olvidamos como remate de Almirante Cadarso en 2024, de Toni Pérez). Pero Chaplin, además, tenía un valor universal que no tiene Nino Bravo, más efectivo a nivel local – como los bustos de Sorolla – que no reconocible por el gran público que nos visita aprovechando marzo.
Una de las primeras incursiones más recordadas de “celebrities” en nuestros remates vendría de la mano de Octavio Vicent en 1954, cuyo diseño del catalán Salvador Dalí se mostraba a sí mismo coronando “La corrida de toros surrealista” en la comisión de El Foc (falla municipal, hoy en día). En este mismo emplazamiento, el “Homenatge a la Pintura de Joaquín Sorolla”, realizada por José Pascual “Pepet”, convertiría a Sorolla en el reclamo principal de la plaza. No fue la única vez. El pintor valenciano Joaquín Sorolla ha sido homenajeado frecuentemente en las Fallas: el ninot de la falla Convento Jerusalén, que lo representaba pintando “Pescadoras valencianas” y que fue realizado por Paco López Albert hizo historia al convertirse en el Ninot Indultat del año 2007 mientras que la falla Paz – Reina – San Vicente (Falla del Tío Pep, 2023) lo plantó en su demarcación con manufactura de Latorre y Sanz y diseño de Escif.
Años antes, mediados de los noventa, Na Jordana y Miguel Santaeulalia, en su prolífico matrimonio, convirtieron la falla de la plaça del Portal nou en un escaparete singular de grandes celebridades. La falla «El verí del teatre» (1994), por ejemplo, obra del citado Miguel Santaeulalia Núñez, en Sección Especial, obtuvo el primer premio de sección Especial y el segundo premio de Ingenio y Gracia con un busto gigante de William Shakespeare que remataba una falla cuyo universo teatral encontraba en el autor de “Hamlet” o “Romeo y Julieta”, entre muchas otras, el gran referente simbólico que invitaba a reflexionar sobre la ficción y el poder. Na Jordana inauguraba así una etapa en la que los grandes iconos culturales se convertirían en protagonistas recurrentes de sus fallas más allá del Jaume I de “La comoditat valenciana” de Agustín Villanueva en 1988. Tan solo dos años después, “Toccata e fuga. Op. 43”, también de Santaeulalia Núñez, obtendría el segundo premio de Especial con un Mozart rematando alegre sobre los bustos de los Beatles; mientras que, en medio, 1995, Santaeulalia trasladaría el cine junto con el mismo Chaplin o Rita Hayworth, entre otros, al set de rodaje en que se convirtió la jordanera comisión.
Pero no sería el último “star system” de los del Carmen. Jordana, apasionada como ninguna de la cultura y del espectáculo, levantaría hasta lo más alto a ese Michael Jackson que reclamaba al mundo que también quería ser un freak (“I want to be freak”, 2007), que le valdría un sexto premio de la mano de Vicente Llácer. Tendríamos que esperar hasta 2012, para que un espectacular – sobre todo en su cremà – Leonardo da Vinci repitiera premio de la mano de Manolo García en una falla con un lema contundente: “Da Vinci”.
Pero igual que escritores, músicos o pintores se han colado entre los remates de fallas, el séptimo arte no ha sido ajeno a esta realidad. Aparecieron Groucho Marx, Woody Allen, Jack Nicholson, Bruce Willis, Marylin Monroe, Prince o Madonna envolviendo el Chrisley de Nueva York en “El melic del món” (Miguel Santaeulalia, 1991. Na Jordana) y celebrando como también el cine se consolidaba como fuente iconográfica fallera. La propia falla del Mercado Central remataba de la mano de Martínez Mollá en 1999 su falla con un Steven Spielberg que representa la expansión del imaginario cinematográfico dentro de las secciones más destacadas de la fiesta y, que, apoyándose en la potencia visual de rostros y películas ampliamente reconocibles, llegaría también al Ayuntamiento, de la mano de Baenas en 2004 con “Alucine” y un Buñuel, un Berlanga y un Almodóvar que caían en una nave espacial sobre la máscara de “Scream” o el mismísimo Titanic.
No era nueva esta simbiosis en la falla del Ayuntamiento. Ya la falla municipal de 2001 recuperaba el cine clásico mediante la figura de Laurel y Hardy (El Gordo y el Flaco), consolidando la tendencia de utilizar iconos universales del humor visual como lenguaje directo para el gran público y que, estas pasadas fallas, tendría su broche de oro en la plaza con ese Chaplin como alegato universal de la paz: Hope convertía a Charlot en símbolo de paz y en resistencia moral frente a la guerra, reforzando la dimensión política que siempre debe tener una falla.
Esta lógica de apropiación de figuras célebres se extiende también a otras fallas donde el recurso del icono reconocible se ha convertido en una herramienta narrativa habitual. Ahí están, por ejemplo, la Frida Kahlo de Cuba–Literato Azorín en 2024 (Vicente Martínez Aparici firma “Quiéreme loca”, propuesta de Juan Ramón Vázquez), que trasladaba el imaginario de la artista a un lenguaje fallero de fuerte carga simbólica y colorista; el Francisco Ibáñez de Duque de Gaeta en 2007 – el primer premio de “Sapriori! Quina historieta!” de Paco Mesado-, que reivindicaba el universo del cómic y la cultura popular como materia festiva de primera línea; o la Audrey Hepburn de la falla infantil municipal de 2015 —compartiendo espacio, de nuevo, con Sorolla— y la posterior presencia de la actriz en la falla infantil del Pilar en 2018 – las dos de Ceballos&Sanabria, pero esta última con primer premio en “United colors of Pilar”-, siendo uno de los pocos casos en los que el canon de celebridades representadas evidencia, además, la escasa presencia de mujeres en este “star system” de nuestras fallas. Precisamente, esta misma comisión (El Pilar, 2025) volvería a recurrir a la iconografía de Audrey Hepburn con otra propuesta de corte icónico, consolidando la continuidad del recurso, en una falla que dio espacio a Amy Winehouse, Madonna, Marylin Monroe,… mientras que en el ámbito infantil nombres como el de Albert Einstein se colaría en la falla de Vicente Almela para Sanchis Bergón–Turia (2019) para demostrar cómo incluso la ciencia entra en este panteón efímero condenado a la universalidad. El sistema de celebridades, pues, no es una excepción sino un lenguaje consolidado que se adapta a distintas escalas, secciones y públicos, reforzando la idea de que el imaginario fallero contemporáneo se construye cada vez más desde la familiaridad del rostro reconocido que desde la complejidad de la sátira tradicional que, en el caso de las infantiles, sí, tiene un fundamental papel didáctico.
La propuesta “Vuelvo a mi tierra” lleva a Nino Bravo a una escala monumental. Frente al Chaplin universalista, aquí la estrategia se desplaza hacia la emoción local: la memoria, el arraigo y la identidad cultural valenciana pero haciendo uso de la celebridad como materia prima fallera: el personaje histórico surge como recurso cultural, la celebridad se convierte en lenguaje visual inmediato y, finalmente, la figura popular, antes del fuego, se convierte en una herramienta de comunicación masiva que habrá que esperar a 2027 para ver si, esta vez, goza de éxito o no. La falla debe satirizar aunque canonice iconos colectivos y, en este tránsito, la falla municipal tiene la oportunidad de convertirse en el mejor escenario para que la cultura popular se transforme en escultura efímera de 20 metros que solo tendrá lógica si denuncia y satiriza. Esta vez, Nino Bravo, más que “Un beso y una flor”, necesita un ingenio y mucha gracia: solo así el recurso de usar grandes nombres dejaría de ser una elección estilística para convertirse en la ración de crítica local y la narrativa global con que una falla debe ser la caricatura inmediata de todo lo que nos toca compartir en nuestros días…
✏️ Jaume Bronchud
📷 Cendra Digital (Ángel Romero)
📷 José Espolín

