España vuelve a saborear la gloria mundialista. El triunfo conquistado ayer no solo supone un nuevo capítulo dorado para el fútbol nacional, sino que invita a mirar atrás -mirar adelante, 2030, solo nos hace cuestionarnos si seremos sede mundial dentro de la candidatura iberomagrebí- y recordar algunos de los episodios más singulares que ha dejado la relación entre nuestro país, el Mundial y Valencia. Uno de ellos ocurrió en 1982, cuando la ciudad convirtió una de sus expresiones culturales más universales en homenaje al campeonato: una falla levantada en pleno mes de junio.

El contraste con la actualidad no puede ser mayor. Mientras hoy la selección celebra un título histórico con tanto de un jugador valenciano, hace más de cuatro décadas el combinado español vivió uno de los mayores desencantos deportivos de su historia precisamente en el Mundial organizado en casa. Aun así, Valencia supo transformar aquel acontecimiento en una gran fiesta popular que dejó una imagen difícil de repetir: unas Fallas fuera de calendario para recibir a miles de aficionados llegados de todo el mundo (la otra ocasión, se recordará, fue lamentablemente por una pandemia).

Nuestra ciudad fue una de las sedes elegidas para albergar la primera fase del campeonato. El entonces estadio Luis Casanova, remodelado para la ocasión, se convirtió en el centro neurálgico del torneo en la ciudad. 

Sin embargo, el símbolo más llamativo de aquella cita futbolística fue efímero. El Ayuntamiento encargó al veterano artista fallero Vicente Luna la construcción de una falla que uniera la tradición valenciana con el acontecimiento deportivo más importante del momento. El resultado fue una falla extraordinaria que comenzó a plantarse el 19 de junio de 1982 en la entonces plaza del País Valenciano, convirtiendo a la ciudad en escenario de unas, hasta entonces, inéditas «Fallas de verano».

Luna era ya una figura consagrada dentro del mundo fallero. Formado desde muy joven entre talleres de carpintería y decoración artística, había desarrollado un lenguaje propio y una seña de identidad que mantuvo durante décadas, reflejadas también en este proyecto conmemorativo. Su amplia experiencia permitió construir la falla en apenas unos meses gracias al trabajo coordinado de un nutrido taller.

Bajo el lema Atlante moderno, la falla estaba presidida por una gigantesca figura inspirada en Atlas, que sostenía sobre sus hombros un enorme balón de fútbol representando el mundo. Más allá de la referencia mitológica, el conjunto transmitía la imagen de una España que, en plena consolidación democrática, quería presentarse ante la comunidad internacional como un país moderno y abierto. La obra se integraba así en la tradición de las fallas conmemorativas creadas para acontecimientos excepcionales más allá de la fiesta fallera.

Uno de los aspectos más sorprendentes de la falla fue una decisión deliberada por dejar parte de la estructura interior visible. En lugar de ocultar completamente la madera y las varillas que sostenían la figura principal, Luna permitió que el público contemplara el proceso constructivo de una falla, mostrando un trabajo artesanal que normalmente desaparecía bajo el cartón, la pintura y los acabados finales. Como toda gran falla, el humor ocupaba un lugar protagonista. El recorrido por las distintas escenas ofrecía una sátira de todo lo que rodea al fútbol: desde el negocio generado alrededor del campeonato hasta los excesos de aficionados, dirigentes y jugadores; reventas de entradas disfrazadas de inocentes puestos de golosinas; futbolistas convertidos en mercancía de compraventa; espectadores obsesionados con el balón e incluso referencias a quienes pretendían enriquecerse aprovechando la celebración del Mundial… ¡Todo nuevo! ¿Verdad?

La crítica tampoco olvidaba lo que sucedía sobre el terreno de juego. Entre las escenas más recordadas figuraba un árbitro expulsando a un rebaño de ovejas que simbolizaba a aquellos futbolistas que simulaban faltas y lesiones, una imagen cargada de ironía que conectaba con la tradición satírica de las Fallas.

Mientras la ciudad disfrutaba de aquel ambiente festivo, la selección española atravesaba un momento mucho menos brillante. Tras una primera fase irregular, el equipo estuvo a punto de abandonar Valencia antes de los actos organizados en su honor. Finalmente, la presión institucional logró que los jugadores permanecieran para asistir a la recepción oficial en el Ayuntamiento y contemplar desde el balcón la cremà de aquella excepcional falla de verano, acompañada por un castillo de fuegos artificiales que puso el broche final a una celebración inédita.

Hoy, con España nuevamente en lo más alto del fútbol mundial, aquella historia adquiere un significado especial. Lo que entonces fue un intento de celebrar la llegada del mayor torneo del planeta, pese al pobre rendimiento del equipo anfitrión, permanece como un ejemplo de cómo Valencia supo fusionar deporte, arte y tradición. La falla desapareció entre las llamas, como marca el ritual fallero, pero su recuerdo continúa siendo uno de los episodios más originales de la historia compartida entre el Mundial de fútbol y la cultura valenciana.

 

📷 Gracias a José Vicente Marco por su generosidad al compartir el material fotográfico de su más que recomendable página web